Las personas somos idealistas por naturaleza, vivimos nuestra vida proyectando ideas, fabulosas construcciones para llevar adelante.
Pero no todos proyectamos igual. Muchos proyectan chiquito, y a medida que el sueño es alcanzado vuelven a proyectar, son economistas de esfuerzos, a veces por miedo o a veces por estrategia de vida. Otros sueñan de acuerdo a su realidad, con el instinto justo para darse cuenta cuando un sueño es viable o no y otros sueños mucho, muchos más si tomamos en cuenta su capacidad, sueñan más que otros hombres, desean aun más que la misma humanidad.
Estos últimos, son los que en grandes sueños deben usar grandes empresas y muchos recursos de su vida para llevar adelante lo proyectado. Muchos son héroes de la vida, logrando cosas inesperadas, ilusiones inimaginables haciéndolas reales, pero que construyen en su pensamiento y traducen en su vida. Y hay otros que sueñan tan maravillosamente, tan perfectamente, pero que sus capacidades naturales no le alcanzan para vivir este sueño que se han creado. Lo viven, lo intentan y van quedando a mitad de camino.
Estas personas idealistas con pocas capacidades son las que sienten este misteriosos sentimiento de la culpa. Se crean un modelo de vida maravilloso, ideal pero que no pueden llevar adelante, no pueden concretar. Entonces surge el fracaso y con el fracaso, la culpa.
Tienen tan claro lo que no deben hacer, saben lo que exactamente tienen que mover para concretarlo, pero sus fuerzas, su mente y su interior no están preparados para semejante empresa. Y por más que lo intenten, no lo logran.
Pueden escribir grandes discursos sobre sus sueños, oralizar de la manera más elegante lo que desean, transcribir en palabras lindas lo que tanto anhelan, pero es solo un pensamiento, es un ideal.
Cuando llega la oportunidad, quedan a mitad de camino. Por más que su mente diga que tiene que hacerlo, no tiene herramientas de vida para concretarlo.
Con el tiempo saben que no pueden, pero dar la cara con semejante verdad genera aun más culpa de la normal, ocultando, no aceptando su realidad.
En su desesperación, en su sentimiento de frustración intentan la mejor solución, hacer que la culpa desaparezca, haciendo que desaparezca el objeto de su aflicción. Pero terminan actuando premeditadamente, casi violentamente, cortando de raíz el problema que la causó. Pero la culpa no se va, se regenera constantemente y con velocidad.
Lo contrario a sentirse culpable es hacerse responsable. Responsable de lo que no hicimos, de que no pudimos, de lo que intentamos y no logramos, responsable de nuestros hechos, de nuestras manos, de nuestro actuar.
Pero aquel que tiene la culpa, no siente que es responsable de nada.
Si ellos no sienten responsabilidad de nada, no hay deslinde que valga la pena, no hay perdón que corte cadenas, es imposible encontrar solución.
La culpa es algo que no se puede remediar fácilmente, es psicológico y es como un virus, ataca, envenena y no se va hasta que mata. La culpa mata, aunque quisiéramos que no...
Cuando hablo de culpa hablo de la culpa a gran escala, no de las "pequeñas culpitas" que llevamos como personas comunes. Si no que hablo de la culpa que limita, que paraliza, que no deja vivir, que no deja disfrutar, que no te deja ser feliz, esa culpa que te mata en vida y con una sola presencia vuelve nuevamente a regenerarse y a crecer, a doler y a herir hasta matar.
La culpa te limita, no te deja hacer feliz ni ser feliz.
La culpa se hace común hoy en día, por eso la llamé: Culpemia.